Al Oeste de Guatemala, una cordillera se erige sobre el altiplano. Los Cuchumatanes susurran a través del viento “Bienvenidos al departamento de Huehuetenango”, y lo hacen en los siguientes idiomas mayas: mam, popti’, akateko, awakateko, chuj, k’iche’, Q’anjob’al. Kilómetros de montañas se extienden hacia el norte, con cimas que oscilan desde los 1.000 hasta los casi 4.000 metros por encima del nivel del mar.

K’anil  es el sexto punto energético de América Central“, dice uno de mis compañeros mientras señala con el dedo una montaña al frente. Me explica que allí es donde los pueblos mayas se han reunido a lo largo de los años, para pedir al cielo que llueva y riegue las siembras.

Estamos en el coche, recorriendo las laderas a través de carreteras sin asfalto. A nuestra izquierda hay un barranco, a nuestra derecha bloques de piedra, desprendidos por lluvias anteriores. Un hombre nos adelanta en moto. Mis compañeros lo reconocen, es maestro en una de las comunidades. Al rato, se reproduce la misma escena con otra persona, un enfermero, que nos va a estar ayudando en la realización de las pruebas antropométricas.

Estamos a  punto de conocer a las familias, que han sido reportadas por los consejos comunitarios, en una situación de inseguridad alimentaria. Estamos en un puesto fijo de salud público, una pequeña cabaña a la cual llegan personas de la zona para conseguir medicamentos, que no siempre están disponibles. Familias llevan a sus niñas y niños a allí para vacunarlos, pero esta vez, los traen para que midamos la talla, el peso y la circunferencia del brazo de sus hijos. Al inicio, aparecen 15 madres con sus hijos al costado. Están amarrados por el llamado ij’banele en idioma akateko, rebozo en español, un tejido maya que permite a las mujeres llevar consigo a sus hijas e hijos.

Nos vamos de la comunidad hacia otra. A través de la ventanilla, puedo ver cómo bosques de pinos se elevan hasta las nubes. El paisaje es muy bello y me resulta familiar. Me recuerda a Galicia (España), de donde vengo, como EU Aid Volunteer en Comunicación y Sensibilización, gracias a la ONG GVC. Colaborar en un proyecto de emergencia humanitaria me ha ayudado a aprender lo importante que es entregarse al presente. Algo que es difícil de hacer, porque significa aceptar los sentimientos presentes y también lo que está alrededor de mí, sin miedo a lo que está por venir. Esta forma de pensar es la clave para entender la realidad en la que estamos inmersos. Las situaciones se pueden torcer rápidamente, así que es siempre importante tener una mano amiga a tu lado. Es incluso mejor que una de esas manos sea de compañeros técnicos que conocen las comunidades y entienden el modo de pensamiento de las personas a las que damos asistencia.

En las comunidades de San Miguel Acatán y Malacatancito, la gente vive en condiciones extremadamente precarias, la mayoría de ellas sin electricidad. Algunas y algunos plantan cosechas de grano básico como maíz y frijoles en su propio terreno. Sin embargo, estas comunidades están sufriendo una crisis alimentaria desde 2014, fomentada por el cambio climático. Sus cosechas han sido afectadas gravemente por sequías constantes, ya que están cerca del ‘Corredor Seco guatemalteco’. Aquellos y aquellas que necesitan más ayuda no pueden hacer frente a la escasez de alimentos por sí mismas y mismos.

 Proseguimos el camino. Hay más árboles que asentamientos humanos, por lo que el sonido escuchado que más se repite es el de la fricción entre las hojas y el viento. Aquellas tierras en calma fueron en su día una zona próspera para los pueblos indígenas. Los que ahora quedan, después del conflicto armado interno, resisten. Su silencio no es sinónimo de olvido.

Si quieres vivir también una experiencia de voluntariado europeo en ayuda humanitaria como Irene, consulta las vacantes abiertas aquí 

 

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